Nuestra Señora de Lourdes1

Con una fe sencilla, no estudiada y sin teorías. Con un sí de niño y una actitud de pobre. Con un amor de madre que nace de las entrañas, sin miradas alrededor, sino centrado todo el ser en el Amado, como todo el ser de la mamá en el niño, carne suya y sangre suya. Así mi oración, mis miradas, pensamientos y latidos del corazón son uno2 con los latidos, los sentimientos y el respirar de mi Cristo […].

Nuestra Señora de Lourdes, Mamá querida, solo de tu mano, al ritmo de tus pasos, centrado mi corazón en el tuyo, mi pensamiento en el tuyo. Todos mis afectos compartidos totalmente con los tuyos, volcados íntegramente en tu Hogar.

Sin descanso cronometrado sin tiempo disponible, inmerso en el calor o frío de todos los hijos, fuertemente afectado por los que no hallan descanso ni reposo, sino que precisan urgentemente del amor y de los brazos, del corazón o de la vida, de la sustancia vital de la mamá, que calme y permita algún descanso a los hijos de Dios del mundo entero.

Sin más gozo, paga, alabanza u honor, que el bienestar, la salud, el desarrollo y promoción divina de todos los hijos de la Mamá, de todos mis hermanos, amados por igual por la Madre universal, la Madre de la Iglesia, que multiplica su afecto materno, sin mengua, entre todos, para todos y con todos, llevando3 a cada uno pegado a su corazón. Contigo, Mamá querida, haciendo de todo mi ser afecto materno, gratuito y sacrificado, dando la vida para Vida de todos.

¡Mamá buena!: ¿Cómo formar tu Hogar, aclimatado con el calor de tu amor materno? Con amor materno, sin acepción de personas, sin diferencias ni distinciones, sin posibles divisiones ni particularismos. Con tu mismo amor, sin mengua ni disminución; con el amor íntegro, sin sombras ni dudas, sin demoras ni prevenciones, sin premeditación; con el amor, como instintivo, espontáneo, limpio, total, sin reservas ni precauciones. Amor volcado al máximo a uno y a otro, como carne de mi carne, como vida de mi vida.

En el Hogar de la Mamá no hay variedad de amor, es todo para cada uno, sin diferencia alguna. Nadie es extraño ni lejano o ignorado; menos presente o menos recordado. Todos sin excepción alguna están grabados, en imagen viva, en la mirada del corazón de la Mamá. Uno a uno como la niña de sus ojos. Miles y miles de hijos, y como si cada uno polarizara, acaparara y concentrara en sí todo el ser entrañable de la Mamá volcada más en cada uno de sus hijos, que en sí misma.

La mamá no puede encajar nada malo de ninguno de sus hijos, sino solo amar. Puede enterarse de cualquier enfermedad o herida de sus hijos4, pero para atender el remedio inmediato. Para la mamá, ahí no hay culpa, no hay condena alguna, ni siquiera error. Si se hirió el hijo es porque perdió la vista y no se le tendió la mano. Si no pudo curarse a tiempo es porque no hubo quien le ayudara a descender a la piscina del agua de salud. Si no se levantó es porque le llegó tarde el socorro imprescindible para seguir viviendo. Murió el hijo, pero no como desertor o fugitivo del Hogar, sino por abandono a un amor comunitario más fuerte. Para Mamá, el hijo resucitará, el hijo retornará, el hijo no está perdido vive y revive en el corazón de Mamá, junto a los demás.

Jaime Bonet Bonet (11-2-1999)

 

 


1 El día 11 de febrero del año 1999 nuestro fundador Jaime Bonet estaba predicando un mes de Ejercicios espirituales en el Copo de Guadalajara (México). En su cuaderno dejó escrita una de esas oraciones confidenciales, que providencialmente hemos hallado explorando sus manuscritos. Es una «joyita» que queremos compartir desde el Ministerio del Patrimonio histórico, anticipando una de las más de ochenta oraciones que saldrán publicadas próximamente en el libro: «A solas». Oraciones de un evangelizador. Jaime Bonet. Que nuestra Señora de Lourdes nos enseñe cómo formar su Hogar, aclimatado con el calor de su amor materno. Isabel Mª Fornari.
2 Literalmente: «en uno».
3 Añadido «llevando».
4 Literalmente «de quien sea de sus hijos».