Sueño realizado que deja huella

sueno realizado que deja huella 1

Camino de Santiago con Familias 2016

Animados en los Ejercicios del verano pasado por Carmen-Francisco y Belén-Palomo, nos apuntamos en esta aventura con nuestros cuatro hijos: Ana, Pablo, Daniel y Almudena. Tenía que ser esta año. El único hándicap que teníamos era llevar a Almudena de cuatro años en un remolque de bicicleta. Pero ya nos dijeron Marisol y Antonio que estuviéramos tranquilos, que no la llevaríamos solos. ¡Y así, ha sido! Al repasar las fotos del Camino vimos la cantidad de manos por las que fue pasando el remolque y otras muchas que no quedaron grabadas en ninguna instantánea. Manos que, como las de Dios, nos hacen la carga más ligera en nuestro camino y que incluso, en ocasiones, ni las vemos, ni las reconocemos porque nos lleva sobre ellas.

Recuerdo una subida, el segundo día hacia Ventas de Narón, por un tramo de piedra suelta, tirando de riñones hacia arriba, el sudor cayendo por mi frente, con la mirada puesta en tierra para no ver la cuesta que no termina, y notar como otra mano de un desconocido, cual Espíritu Santo, empuja junto a las mías para terminar la subida compartiendo el esfuerzo. Al terminar el ascenso, se despide con acento extranjero y ya no lo volví a ver.

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O aquella bajada del camino alternativo, llegando a Portomarín, que nos mete en un corte en la montaña del que, una vez dentro, no se podía retroceder con el remolque. La dificultad de las rocas y el terreno hacía imposible transitar con la niña dentro del mismo, y es ahí cuando el Señor, tras bajar a la niña en brazos, envía a sus ángeles que te ayudan a descender el carro en volandas y continuar la caminata. En otras ocasiones acudieron para atravesar ríos y otras dificultades orográficas. Y es que los ángeles del Señor no siempre llevan alas.

Montes y colinas, bendecid al Señor,
 cantadle, exaltadle eternamente.
Mares y ríos, bendecid al Señor,
cantadle, exaltadle eternamente.
… porque es eterna su misericordia.

El Camino también nos dejó encuentros con mucha gente anónima. Uno de ellos, reconociendo la ternura de Dios en la estampa de una niña, busca sus dos monedas en forma de plátano (quién sabe si era el único avituallamiento que tenía este hombre para alimentarse durante la etapa), para desprenderse de él y ofrecérselo a la pequeña como una ofrenda delante del Señor. ¡Jesús, enséñanos a mirar con la profundidad de mirada amorosa rica en misericordia hacia los hermanos!

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Cual juego de moda (podríamos llamarlo “Santiakon Go”), a lo largo del Camino aparecen entre los matorrales multitud de regalos que tienen sabor, como oraría Cristobal, a Trinidad Santa. Se presentan en forma de íntimas charlas donde, con el oído puesto en el corazón, escuchas a Dios: compartiendo en la comida o un pedazo de pulpo, acompañándote con su bastón o bajo un sombrero de paja, en la sobremesa de una cena, recogiendo juntos los coches al terminar una etapa, en las Eucaristías  comunitarias, animando a Portugal en la Eurocopa, jugando al “corro de la patata”, cantando al son de las gaitas “Cumpleaños Feliz” o incluso haciendo recorrer unos kilómetros más a unas compañeras por error. El Señor habita, está vivo y se hace presente, en cada uno de nosotros y es una gozada poderlo degustar, disfrutar y compartir con los hermanos.

¡Hemos vivido FRATERNIDAD! Como nos dice Magdalena: el vínculo espiritual es mayor que el de la sangre. Y doy fe que, en apenas siete días, se han tejido lazos, como cuerdas de cariño, que nos marcarán, mientras la guardemos en el corazón como mamá María, como otra huella en el camino para el resto de nuestra vida.

Otras “marcas” que nos hemos traído a casa son las de las piedras del camino. A mí aún me duran en los pies dos dedos amoratados por tropezar con ellas. Ahora que en verano suelo llevar los pies al aire, me encanta ver entre mis dedos esas señales moradas que me recuerdan la importancia de las piedras del camino. Al igual que en el Camino, en nuestra vida unas piedras sueltas nos hacen resbalar, otras tropezar o incluso heridas, pero todas ellas, una vez asumidas en nuestro peregrinar, quedan como “roca firme” que te sirve de apoyo para avanzar y subir con más fuerza y seguridad.

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El ritmo del grupo era diverso: niños, jóvenes, adultos. Nos veíamos, nos cruzábamos, compartíamos descansos, sellos para la credencial o pequeñas paradas en los lugares que nos indicaba por la mañana nuestro “serpa”. Cada uno a su ritmo. Bueno, casi todos. Aprendí de ver como las misioneras se adaptaron al ritmo de otros. Y os puedo asegurar que andar al ritmo de otro, a mí que me gusta andar rápido y voy acelerado por la vida, desgasta más que el inicio de unos buenos ejercicios espirituales. ¡Y cuánto más chico es a quién acompañas, mucho mayor es el desgate y la entrega! Vaya aquí, mi más sincero reconocimiento y admiración para todas ellas.

Los primeros días, tras el desayuno, el Espíritu también nos alimentaba con la Palabra y sus pautas. En cada etapa del Camino, todos salíamos desde el mismo origen y llegábamos al mismo destino. Como la vida misma peregrinando tras los pasos de Jesús. Y como nos ocurre diariamente en el despertar de cada mañana: ¡todos partimos del mismo punto! Para Dios Padre no existen hijos más aventajados o menos, más rápidos o mejores. Cada uno a su ritmo, para Él todos somos sus criaturas. Unos se despertarán con el FIAT y el resto con el "Alarm Morning" de su móvil, pero para Dios no hay distinción. Todos somos iguales, todos somos sus hijos y llegaremos al mismo destino donde nos espera para darnos el abrazo del final de cada etapa. ¡Pasión de Padre!

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También guardo grabada en la retina un momento del Camino en el que la pequeña Sofía se baja del carro al inicio de una subida y con toda la paz del mundo, coge un palito y se pone a dibujar en la tierra. Me rememoró el momento en que Jesús pausadamente se pone a escribir en la tierra junto a la adultera que iba a ser apedreada. ¡Vaya amor de Padre para no coger el palo, el carro, la niña y tirar con todos ellos en brazos hacia adelante! ¡Con lo que quedaba de etapa! Y es que así es Dios, sus tiempos, no son nuestros tiempos. Y Damián y Claudia me recordaban el amor que nos tiene papá-mamá Dios, que nos deja disfrutar, recrearnos en nuestra felicidad y, en ocasiones, hacer lo que no toca. ¡Porque su misericordia es infinita! Hasta el punto de comer a las cuatro de la tarde terminando la caminata bajo un sol abrasador ¡Eso sí!, siempre acompañados por el Espíritu consolador con su sombrero de paja a su lado. ¡Así es el amor misericordioso de nuestro Padre Dios!

Del Camino también me llevo multitud de gestos de servicio que no recogerán ninguna foto, pero si la mirada de Dios y la de aquellos que los disfrutamos.

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También nos regalaron un lazo como distintivo del grupo, que nos daba identidad. El mío, puesto en la muñeca, al segundo día comenzó a deshilacharse por los continuos enganchones en el velcro de los bolsillos del carro al ir en busca de agua, comida o la cámara de fotos. Al final del Camino ¡se había transformado por completo! (sin forma ni color original y con una leyenda indescifrable). Y así me nacía inscribir en mi corazón un Estado en el perfil de la cuenta de mi vida: “Si tu vida no se desgasta, es que andas solo en tu Camino”. El Señor nos ha dejado unas huellas bien marcadas en su Camino de entrega, y para mí Santiago ha sido una confirmación de lo que quiero que sea mi vida. Aún recuerdo aquellas palabras que me contaron en mi primer Camino a los dieciocho años: “A Santiago se va, pero nunca se llega”. Santiago, como el discípulo, es camino de perfección que nunca se alcanza. Y yo añadiría, “pero se peregrina”.

Otra de las gracias del Señor recibidas en este Camino, ha sido la de poder compartir esta experiencia con nuestros amigos Pedro y Mª Carmen (padrino de nuestra hija Almudena) y sus hijos: Clara, Pedro y Mateo. Lo hemos terminado todos juntos, dándole una nota sobresaliente; ampliando nuestro círculo de amigos y compañeros de camino.

Replicando las palabras del Papa Francisco en Cracovia, para nosotros este Camino de Santiago FMVD 2016, año de la Misericordia: DEJA HUELLA

Gracias, Padre, por todos los gestos de misericordia que por medio del Camino nos has regalado, dejándose hacer tus instrumentos. Por todas esas actitudes que nos han mostrado tus manos, Jesús. Gracias, Espíritu Santo, porque has empujado y has sido presencia y compañía en cada uno de nosotros. Gracias, mamá María, por invitarnos a cogernos de tu mano para ser, como tú, peregrinos en la fe tras las huellas de Jesús.

Ana, Pablo, Daniel y Almudena

 

Camino de Santiago con Familias